El entorno competitivo actual exige a las empresas de todos los sectores de actividad un esfuerzo constante de mejora en muchos frentes.  Entre estos cabe mencionar el rediseño de procesos, la mejora de la productividad, la reducción de costes y la consecución de una buena calidad para mejorar la satisfac­ción de los clientes.  Estos esfuerzos implican reconocer que la única forma de mantenerse y prosperar es ofreciendo mejores productos y servicios, desde la perspectiva de los clientes, al menor coste posible. Y en este propósito la energía juega un papel muy importante.

Cuando hablamos de sostenibilidad y de energía podemos decir que existen actualmente tres aspectos claves a tener en cuenta:

  • La energía es el motor que mueve el mundo: según los últimos datos de la Agencia Internacional de la Energía el incremento de la demanda energética se mantendrá a largo plazo.
  • La sociedad demanda un mundo más sostenible: cada hay una mayor exigencia para que se tomen medidas que permitan producir de forma sostenible, es decir, hacer más con menos. Eficiencia.
  • La crisis financiera mundial: es más necesario que nunca reducir gastos, tanto para los ciudadanos como para las empresas, para mejorar su competitividad.

Bajo este escenario, el objetivo debe ser la evolución del modelo económico global hacia uno más sostenible, más competitivo y basado en bajas emisiones de carbono; un modelo que asegure el respeto al medio ambiente, mantenga la competitividad de las empresas y la seguridad de suministro energético.

Según un estudio, si se invirtieran 170 billones de dólares anuales en medidas de eficiencia energética hasta el año 2020 se conseguiría reducir a la mitad el crecimiento esperado de la demanda energética mundial, ahorrando además unos 900 billones de dólares anuales. Para lograr alcanzar este escenario de eficiencia se requiere el esfuerzo de todos los agentes implicados: empresas, Administraciones Públicas y de la sociedad en general en la búsqueda y aplicación de soluciones.

La búsqueda de la eficiencia energética es una pieza clave, en relación coste-beneficio, para aumentar la seguridad del abastecimiento energético (la tasa de dependencia exterior española alcanza el 79,5%, frente al 53,1% de la media europea), reducir las emisiones de dióxido de carbono, fomentar la competitividad y estimular el desarrollo de un mercado avanzado de tecnologías y productos para mejorar la eficiencia energética.

Si analizamos el mix energético, de las más de 11.741 Mtep de energía primaria utilizadas en 2006 en el mundo, más del 80% proviene de combustibles fósiles y sólo el 19,1% de fuentes de energía como la hidroeléctrica, solar, biomasa, nuclear y eólica.

Otro factor a tener en cuenta al analizar la demanda de energía es el desarrollo económico de nuestro país que, en los últimos años, ha venido acompañado de una evolución creciente del consumo energético con un incremento del 137% entre 1975-2006.

Por otro lado, tradicionalmente en España hemos tenido un desmesurado crecimiento de la demanda junto con unos bajos niveles de eficiencia en producción y consumo. Es importante transmitir a los ciudadanos que la calidad de vida no está reñida con la sostenibilidad en el uso de los recursos.

La búsqueda de la eficiencia no deja de ser una prioridad relativamente reciente en nuestro país puesto que las primeras políticas que se implantaron nacen en 2003. Las empresas están más concienciadas pero aún queda camino por recorrer para frenar el derroche energético de los ciudadanos.

Si nos comparamos con los países de nuestro entorno observamos que aún queda margen para la mejora, ya que mientras España ha mejorado su intensidad energética total sólo un 4,5% desde 1996 a 2007, la media de los países de la UE-27 ha mejorado en más de un 19,9% en el mismo periodo (datos de EEA, julio 2009).

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